Hace 4 años que la ONU estableció el 24 de enero como Día Internacional de la Educación con el objetivo de recordar que el único camino para el desarrollo y la paz pasa por la educación.

En el año 2022, el lema “cambiar el rumbo, transformar la educación”, hace un alegato, basado en el último informe de la UNESCO, sobre la premura de reequilibrar la manera de relacionarnos con el mundo. Reclama transformaciones ajustadas a la realidad de un derecho fundamental, que no podemos dar por alcanzado. Los datos nos invitan a repensar la manera en que asumimos este derecho:

▪️ 262 millones de niños y jóvenes no están escolarizados
▪️ 617 millones de niños y adolecentes no pueden leer
▪️ 4 millones de niños refugiados no asisten a la escuela
▪️ El 4% de niñas subsaharianas no completa los estudios básicos

Un escenario que nos evidencia que los artículos 28 y 29 de la Declaración de los Derechos del Niño no se están acometiendo.

El punto de inflexión en el que se encuentra el mundo, según Azoulay (directora de la UNESCO), nos apremia a toda la sociedad a reimaginar el futuro: en un contexto extenuante como en el que estamos viviendo con un sistema educativo al que cada vez le resulta más complicada su labor de educar, con unos maestros desbordados y desamparados y unos niños que asumen responsabilidades y obligaciones que todavía no les corresponden.

Es necesario que no olvidemos que la educación “es un bien común, un derecho fundamental y la base de un futuro sostenible e igualitario”.

Que no hay futuro sin educación, pero el futuro ya está aquí. Porque los derechos deben trabajarse y conquistarse cada día. Porque, a pesar de las circunstancias, “la educación debe estar inspirada por grandes cargas de optimismo” y la infancia nos reclama ser escuchada y defendida.

Adela Salcedo

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