“No puede existir dedicación más hermosa que esta” (Josefina Aldecoa) Y así, deberíamos sentirlo cada día.
Vivir como maestro o maestra no únicamente conlleva una conducta vocacional, la cual se presupone, sino que va más allá. Ser docente es una cuestión de ética. Es comprender que seremos eternos aprendices.
Aceptar una responsabilidad moral, tanto con la sociedad como con nuestro alumnado. Es integrar una manera de acoger y acompañar. Supone admirar y respetar la pureza de la infancia.
Estar a su altura y pelear cada día por ser dignos de ella. Es el arte de hacer comprender el mundo, preservando el alma de niño y descubriendo la vida cada día a través de su mirada. Ser maestro es contraer el compromiso de hacer camino juntos. Significa advertir que el oficio también duele porque prevalece siempre lo humano.
Es tener valor y enfrentarse al miedo. Vivir como maestro implica nobleza, honradez y coherencia entre el ser, el querer y el hacer. Ser maestro no se estudia, se vive, se siente, se yerra y se aprende.
Decir buen docente, debería ser un pleonasmo.
Adela Salcedo

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